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Las fragancias son una combinación de ingredientes aromáticos que estimulan al sentido del olfato, para dar la sensación de aroma. Los aromas son hoy en día uno de los motivos de fascinación para la especie humana; suelen estar ligados a sensaciones, emociones y experiencias cotidianas.

De manera que la marca Milan Parfums, producida en los mejores laboratorios de alquimia de Emiratos Arabes Unidos, nace con el objetivo de crear momentos inolvidable y personalidad que caracterice a cada humanos que lo aplique.

El perfume pertenece al reino del recuerdo. Allí habita. Al percibir determinado aroma se nos vuelve a componer toda la escena: mundo de la niñez con el olor de cuadernos y lápices nuevos, el de una muchacha o muchacho que conocimos una vez. 

Apenas quitado el tapón, las mucosas olfativas percibirán la agresión. El aroma escapa atropellando, quiere imponer su presencia de inmediato. Al evaporarse exhala sus tonos de salida: limón, espliego, naranja. Minutos después se serena, intenta seducir. Presenta su cuerpo y revela lo que tiene de central, lo que identifica. Agazapados están los modificadores: neroli, geranio, romero, clavo de olor, rosa verbena, tomillo, albahaca, los que se dan a la tarea de atenuar el fondo. El fondo marca la huella del perfume y está compuesto de olores tenaces y menos volátiles: vetiver, patchuli, jazmín, maderas, musgos, notas animales, aldehidos. Estos intensos aromas son responsables de retener el recuerdo. 

¿Por qué los perfumes entre sus muchos misterios no pertenecen a la memoria?, porque salvo un vez nadie puede recuperar un olor determinado y traerlo al presente como se memoriza un número telefónico. 

Un perfume es, pues, una suma de reacciones químicas inmediatas que pueden multiplicarse hasta el infinito. El aroma de salida se modifica a menudo por medio de un producto de segunda categoría: algo floral mezclado con absoluto de civeta (secreción de un gato salvaje abisinio). Y así cada paso se alterará y remodelará con productos auxiliares para crear los matices. Arpege de Lanvin o Nahema de Guerlain contienen un promedio de cincuenta esencias. 

A fines de los años 50 se descubrió que las mujeres eran manipuladas por interacciones de olores nacidos de un atractivo sexual llamado feronoma. 

Estas feronomas ejercen efectos precisos en individuos de la misma especie, por ejemplo los hombres. El olor exhalado por la mujer es para el hombre un motorcito magnético, principal excitante genésico y viceversa. Por eso en Las mil y una noches, leemos: "con incienso puro perfumaré mis senos, todo mi vientre a fin de que mi piel pueda fundirse más suavemente en tu boca". 

Sabemos además que el rinocéfalo, que de ningún modo es un animal prehistórico sino el rincón del cerebro que recoge la impresión olfativa, catapulta la conducción de las sensaciones afectivas y sexuales. Por ello el ámbar y el almizcle dicen poseer virtudes afrodisíacas, así como el amoníaco acciona repulsivamente y el incienso devela el misterio místico. 

Tan antiguo como la maldad, per fumare (hacer humo) ya se encuentra en los textos bíblicos. "Tomarás aromas: estactate y ónice, y gálbano odorífero, e incienso purísimo: todo en cantidades iguales... y formarás un perfume compuesto según el arte del perfumista, muy bien mezclado, puro... Tal confección no la haréis para vuestros usos, por ser cosa reservada al Eterno" (Exodo, fórmula de los Santos Oleos). 

Los romanos al adoptar la costumbre griega de quemar los cadáveres en piras olorosas cometieron los excesos que los han dejado inmortalizados:

Nerón consumió en los funerales de Popea, su esposa, más incienso del que Arabia podía producir en diez años. Calígula hacía perfumar los juegos circenses, para evitar el desagradable olor a sangre cristiana y sudor de león. Heliogábalo llegó a formar un Senado de mujeres para deliberar la etiqueta de la Corte y decidir la calidad de los perfumes. 

Mahoma, al establecer su religión sobre las tradiciones bíblicas, siguió a Moisés. Añadió la prohibición de beber vino para mantener orden en su ejército, pero no censuró los aromas porque "las mujeres, los niños y los perfumes son lo que más amo en este mundo" . 

Sabios bizantinos descubrieron que las sustancias olorosas son solubles en alcohol. Al mezclarlos y convertir su aroma en un líquido volátil liberaron al perfume de la materia, lo redujeron a la nada que finamente es. Sólo entonces los perfumes empezaron a refinarse. Sin embargo, antes de llegar a Occidente, estos métodos tuvieron que tomar un gran atajo y pasar por los árabes, quienes los recibieron en herencia a la caída de Bizancio. Los califas amantes de los grandes lujos convirtieron las cortes de Granada, Sevilla y Córdoba en algo tan pródigo en perfumes como las de Bagdad y Damasco. 

Los galos y los francos ignoraban los perfumes y la higiene. Isabel la Católica afirmaba bañarse dos veces al año "y a veces sin necesidad". Y ya es conocido que Tecnochtitlán, capital del imperio azteca, a la llegada de Cortés no sólo tenía alcantarillado sino también baños públicos y peluquerías, mientras en Europa el excremento corría por el centro de las calzadas. 

Entre otras cosas las cruzadas enseñaron a los caballeros feudales un nuevo modo de cuidar el cuerpo y volvieron con las manos llenas de perfumes y especias. De este modo, Europa conoció las abluciones perfumadas con agua de rosas, antes y después de las comidas y, ya a finales del siglo XII, un benedictino alemán, Hildegarde de Ningen, inventó el agua de lavanda. 

Cinco siglos más tarde Jean Paul Feminis mezcló un alcoholado de limón, esencias de neroli, de cidro, de naranja, de bergamota con cantidades variables de almizcle y ámbar y la llamó agua de colonia.

Napoleón usaba unos setenta frascos al mes de esta agua y en 1820 decretó que los envases llevaran en su etiqueta la fórmula de su contenido. 

Aristóteles fue el primero en clasificar los olores en seis grupos esenciales: dulces, ácidos, austeros, grasas, acerbos y fétidos. Hoy, la federación francesa de productos de perfumería los ordena en seis grandes familias: floridos, chipres, chipres-capullo, cueros, ámbares verdes y madera.

La perfumería, ampliamente desarrollada en Italia, fue introducida en Francia por la esposa de Enrique II, Catalina de Médicis, quien llevó a París a su perfumista. Fue entonces cuando la Provenza pasó a ser la región ideal en el cultivo de flores para exprimir esencias.

Pero hay flores que el calor les destroza la fragancia. En esos casos se esparcen sobre placas untadas de grasa fría o tapados embadurnados de aceite. Al cabo de tres o cuatro días, las flores, totalmente marchitas, han traspasado su aroma a la grasa o el aceite. "Este proceso se repite veinte, treinta veces sobre la misma grasa con flores tiernas. El resultado es aún más exiguo pero de mayor calidad". 

Existen fragancias que se conservan durante décadas. Un armario frotado con almizcle, un trozo de cuero empapado con esencia de canela. En cambio, otros, el aceite de lima, la bergamota, los extractos de narciso y muchos perfumes florales se evaporan al cabo de pocas horas. El perfumista lucha contra esta circunstancia fatal amarrando el aroma de sustancias volátiles con otras más duraderas. Pero tiene la simultánea tarea de dejarla en libertad para que salga, y aprisionarla para que no desaparezca. 

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